Carta 1

Teopanzolco, 5 de Agosto 1976

“Que triste viene la lluvia en los techos de cartón.”

Estaba pensando en este canto cuando de repente cayó el agua sobre los techos de la colonia de la estación. Fue el Sábado pasado a las 7 de la noche. Yo estaba esperando que la gente se juntará para la reunión, cuando vi algo muy triste: por todos partes vi salir corriendo mamás cargando a sus pequeños y tapándolos con nylon. Papás jalaban a sus niños por en medio del lodo. Gente que huía del agua.

Salían muchos, de todos partes, más y más. Podía entender por que huían: en la noche anterior la tormenta tiró un árbol que mató a la señora Amada Díaz y dejó a otra herida. No era la primera vez que el viento y la lluvia se habían declarados enemigos de los colono, echando los árboles sobre las chozas de lata y cartón, e hiriendo a sus pobres moradores. Y pensé porqué tenía que existir esta enemistad entre el agua y el hombre, porqué la lluvia, que es bendición de Dios, aquí tenía que volverse en maldición.

¿No había creado Dios todo para la felicidad del hombre? ¿Para todos los hombres? ¿Porqué el agua es bendición para algunos, para los que tienen, bendición en agua potable, albercas, pastos verdes, viajes a Acapulco, y maldición para los pobres que no tienen agua para tomar ni para lavar su ropa pero donde el agua está dispuesta a tirar un árbol sobre la pobre Amada Díaz?

Después de dos horas deja de llover y empapados vuelven los habitantes a sus hogares. ¿Cuántos niños se enfermarán ahora? Voy a mi casa y encuentro una carta del padre Espín, el vicario de nuestro obispo. Nos habla de los colonos de Tlaltenango, tomados presos porque iban a construir sobre los terrenos comunales que legalmente les pertenecen. Aquí la tierra se vuelve enemiga de los pobres, que los empuja hacia lugares inhabitables, como en la colonia la Independencia o hacia los separas policiales. Me pongo rebelde y niego aceptar todo esto.

Dios en su bondad nos dio la tierra para que fuera bendición. Dios nos dio la tierra para que nos hiciéramos dueños de ella. No podemos echar la culpa a Dios cuando hasta la naturaleza se vuelve en contra de seres humanos. Dios no quiere que la gente huya por la lluvia, que haga caer el árbol sobre el cuerpo de la Sra. Amada Díaz, y que los mismos pobres no encuentren agua potable, cuando en tiempo de sequía el sol quema sus gargantas. Esta maldición viene del egoísmo nuestro: no sabemos administrar lo que el Señor nos da y por culpa nuestra la creación es bendición para los que tienen y maldición para los que no tienen: entre los que no tienen, se estanca el agua sucia que enferma. Son corridos de sus tierras y viven demasiado estrechos. El sol quema sus caras y los frutos del campo, madurados bajo el calor del sol son para ellos casi inalcanzables por falta de dinero.

Mis amigos de Teopanzolco, creo que es deber nuestro reflexionar, y trabajar para que toda la creación vuelva a ser bendición, bendición para todos. Llevemos esta preocupación a nuestras reuniones semanales cuando nos juntamos a celebrar misa los domingos, y a las reuniones de nuestras pequeñas comunidades. Esta tarea la hemos descuidado mucho.

Les saluda el Padre Gerardo Thijssen

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